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Un grupo de amigos recorren en cuatro días y tres noches el Camino del Inca, al sur de Perú. En algún lugar del valle sagrado experimentan algo impactante y mágico que ninguno olvidará jamás.

Cuando me preguntan sobre el Camino del Inca lo defino con tres palabras: cansador, impactante y mágico. ¿Por qué el Camino del Inca? Porque de chico siempre me llamó la atención, ya que llegar a una de las maravillas del mundo por el mismo camino que recorrían hace siglos sus pobladores era un viaje asombroso que tenía que hacer.

La fecha elegida con mis dos amigos fue el 27 de enero. Pese a que sabíamos que en esa época llueve bastante, mucho no nos importó. Realizamos una reserva por Internet con la empresa Inca Tour con un mes de antelación, ya que los cupos para acceder al Camino están limitados por el Gobierno peruano. El tour consta de cuatro días y tres noches en los que se recorren 45 kilómetros; incluye cuatro comidas diarias, guías y porters (personal de la empresa que carga carpas, mesas, sillas, comida, garrafas, etc.).

El 27, a las seis de la mañana, nos pasó a buscar por Cusco un ómnibus de la empresa y nos llevó hasta el lugar de partida: Piskacucho, en el poblado de Chilca, en el kilómetro 82. Allí tuvimos un delicioso almuerzo cocinado por el personal de la empresa. Éramos un total de 30 turistas, de entre 20 y 35 años, con los cuales luego de cuatro días de viaje se formó una muy linda relación. A las dos de la tarde comenzamos el recorrido, cada uno cargando con su mochila y su bolsa de dormir, aunque era posible pagar extra para que un porter las cargara.

Para sorpresa de todos, el día era espectacular. Luego de unas cinco horas de caminata
arribamos al primer campamento, armado en las orillas de un río y formado por numerosas carpas para dos personas y una carpa-comedor. Tuvimos una exquisita cena y nos fuimos a descansar para lo que sería una larga y agotadora jornada. Amanecimos alrededor de las 5.30 de la mañana y ya nos esperaba un energizante desayuno con el infaltable té de coca, para comenzar la caminata que nos trasladaría hasta el punto más alto de la travesía: 4.200 metros de altura.

A lo largo de la caminata se pueden apreciar espectaculares paisajes, desde zonas con vasta y exótica vegetación hasta peligrosos y asombrosos precipicios rodeados de nubes, grandes montañas y picos nevados. Son seis horas de constante ascenso, en las que el grupo se va separando según el ritmo de caminata de cada uno. Después de algunas paradas para tomar agua o comer alguna fruta o chocolate, se llega a los 4.212 metros del paso de Warmiwanusta. No hay oxígeno pero sobra la excitación y admiración por la vista del lugar.

Extasiados, emprendimos el descenso hasta los 3.400 metros. Lo que supuestamente era fácil resultó muy difícil, dado que como estaba lloviendo era complicado no patinarse en el resbaloso camino de grandes piedras. Ilesos, nueve horas más tarde llegamos al segundo y más espectacular campamento. Está en la ladera de una montaña, con ríos que corren a sus costados y desde allí se aprecia un increíble paisaje. El lugar había sido un antiguo cementerio en el cual, según los nativos, sucedieron (y suceden) cosas muy extrañas, lo que lo hace todavía más fascinante para algunos y aterrador para otros, a tal punto que algunos de los tours no se detienen a acampar en ese sitio.

El tercer día es el más largo pero el más pintoresco. En el camino se atraviesan inéditas especies de animales, puentes colgantes, incontables ruinas incas (muchas de las cuales aún no han sido descubiertas), y se pasa por el famoso Túnel Inca. Se almuerza al paso y, luego
de casi doce horas de caminata, se llega al tercer y último campamento. A diferencia de los anteriores, este tiene una especie de restaurante, donde además se venden refrescos, cervezas, cigarros, etc. Luego de una cena de despedida y de tomar alguna que otra cerveza, nos fuimos a descansar, ya que había que amanecer a las 4 de la mañana.

El último día, después de casi dos horas y media de caminata, llegamos a la Puerta del Sol, y ahí se produjo un momento inolvidable: con el sol saliendo y las nubes bajando, me senté y, sin aviso previo, apareció ante mis ojos, a lo lejos, una especie de inmenso fantasma en el medio de las montañas. Era la maravilla llamada Machu Picchu. Fueron segundos en los que el silencio reinó y solo aprecié lo que pasaba ante mis ojos. Se ocultó con la misma velocidad con que apareció. Las nubes subieron y lo taparon haciendo aún más extraño y mágico aquel momento.

Nuevamente cargamos la mochila y comenzamos a caminar, exhaustos pero ansiosos ya que en menos de una hora y media entraríamos a la histórica Machu Pichu. La llegada fue otro momento emocionante: no solamente porque observamos aquel fenómeno bajo nuestros pies, sino por caer en la cuenta de que acabábamos de terminar el mismo camino que hacían los incas varios siglos atrás.

Machu Picchu se recorre un rato acompañados por el guía. Después se exploran sus rincones en solitario o acompañados; se sacan fotos, se descansa en sus jardines y, los más osados (cosa que recomiendo aún con el cansancio a cuestas), ascienden el peligroso cerro Wayna Picchu, vecino al Machu Picchu, que regala desde su pico la vista más impresionante de esa majestuosidad creada por los incas. Después de varias horas en Machu Picchu, emprendimos la vuelta en tren.

Cansado, impactado y feliz por haber realizado una travesía mágica, que sinceramente quisiera repetir.

 


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